Cuando uno está acomodado a conjugar el trote del potro salvaje con el arrastrar cansino del húmedo caracol, el camino de la fe se hace difícil, marcado por cotas de entusiasmo celestial y, a la vez, de descenso en picado hasta el inframundo personal. En unos instantes prevalecen las emociones con eufóricas sonrisas, en otros, penurias y depresiones que no conducen a ninguna parte recomendada. Algo me traiciona por dentro, no lo puedo esconder ni negar, vehemente, apático, apasionado, distraído, radical, dubitativo, entusiasta y taciturno, en la mochila de mi vida cargo con todos estos rasgos de mi persona.
Lo malo de la situación, querido amigo, es cuando no hay camino recto y seguro en nuestras vidas. Cuando ando fuera de la senda llega la catarsis y la llama de la fe se consume hasta apagarse por completo.
No se diluye el sentir, pero si su fuerza y perseverancia. Lo que antes era entrenamiento interior, ahora es negligencia de los sentidos, sin esperanzas, sin sentir que tras la crisis hay luz alentadora, resbalo en la ausencia de oposición, proposición y, de cuando en cuando, alcanzo la más pura negación. Ya no hay la espera de que al domingo siguiente sea diferente a los vividos antaño, cuando éste llega de nuevo, sigo mirando de lejos allí donde se produce el merecido milagro más sencillo. Y es duro saber que sin rectificar la conducta y el existir del pensamiento racional es muy posible que todo siga siendo igual día tras día.
Me duele, me quema y me siento herido, he olvidado lo que era sentirse bien, en el camino, antes del verano del 86, ya tan lejano de mí como inalcanzable. Y fue, ese mismo verano el de la inevitable encrucijada perversa y sin retorno.
¿Queda esperanza?, debe haberla. A lo mejor, fuera del camino, ausente de la virtud, es como experimento el impulso que me hace escuchar el eco de un tenue latido. Y lo que late, aunque sean quejidos de melancolía, es porque mi alma supura algo de vida contenida. Ojalá que esta ínfima fe siga viva. Aquí sigo aguardando, a lo largo de estos años, con el nuevo testamento en la mano a que Dios me descifre algún día la clave para abrir con la llave adecuada la puerta del laberinto que hace de muro en mi camino.























