miércoles, 22 de marzo de 2017

TERROR DOLLS


Ya jubilado, después de toda una vida encerrado en el pequeño taller de reparación de muñecas era el momento de experimentar nuevas sensaciones, nuevos alicientes, con la necesidad de sentirse vivo.
Las formas faciales de uno de los muchos vagabundos que vagaban por las serpentuosas y oscuras calles de la ciudad condal reflejaron una explosión de rabia cuando el desdichado descuido social chocó con una figura cuya robusta constitución le hizo retroceder tambaleándose hasta caer de rodillas contra el suelo. Levantó la mano de manera enérgica gritando desde lo más hondo de su interior: ¿Y a ti qué coño te pasa?.
Aquella inmensa silueta misteriosa sacó un cuchillo de cocina de entre los pliegues de su gabardina color gris celeste, una arma blanca cuya plateada hoja reflejaba una luna llena que se imponía majestuosamente sobre ellos, y con una fuerza sobrehumana, cercenó la cabeza del vagabundo y guardó la testa del pobre hombre en una cesta de mimbre. Era Jacinto, aquella noche se consumaba como el nuevo asesino de la quinta de la tercera edad.
Nadie vio ni oyó nada, un corte rápido y certero, apenas dejó un rastro de sangre diluida en los grandes charcos de las lluvias de la tarde. En el interior de la cesta, los ojos del vagabundo no eran los únicos que, inertes, le devolvían la mirada a la luna, la misma luna que le vio morir y no pudo hacer nada por él.