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viernes, 3 de abril de 2020

DUNOGERD PHOTELPS


Dunogerd Photelps murió en 1998, un capitán de barco con dilatada experiencia y que conocía con toda plenitud los caminos de los inmensos mares. Lo reconozco como un buen amigo y experto navegante en el peor de los desafiantes mares. Su estado mental era frágil y en sus ojos existía algo de demencia, fruto de sus atrevidas campañas o de la soledad que le apoderó de daños galopantes e irreparables en su conciencia. 
Dunogerd Photelps estuvo recluido en un pequeño sanatorio de pocos recursos en la colina de la ciudad. Siempre que el tiempo de mi agenda laboral y familiar lo permitiera, visitaba a mi viejo amigo, yo era parte importante de su recuperación. A veces pienso que escondía secretos intrigantes en los rincones de su memoria intentando no recordar lo vivido, y que a toda costa, buscaba alejarse de posibles días de fatales experiencias nunca explicadas. El día de su trágica muerte, la familia de Dunogerd, me permitió conservar las pertenencias que considerara de mayor valor sentimental para mí. Le gustaba escribir historias fantásticas, muchas de ellas parecían disparatadas y de imaginación increíble, de aquellas en que la realidad supera con creces a la ficción más ingeniosa. Estas escrituras le servían como terapia para sanar su desquiciada memoria, así como para distraerse de recuerdos amargos. Muchas frases no tenían sentido, me abrumaban por lo tristes y perturbadoras que podían llegar a ser. No sé si trataba de explicar lo que jamás le hubiéramos creído, por temor a llamarlo loco, o simplemente, fue un intento de hacer de escritor chiflado. Entre aquellas hojas sueltas, sesgadas, maltratadas llenas de tormenta de locura y escritas con letra errática, encontré lo último que escribió antes de precipitarse por la ventana. Aquí os lo redacto tal y como lo encontré escrito:

"Desperté en un lugar que mis recuerdos no reconocieron, lo que para cualquiera sería un paraíso soleado y nunca conocido, la intensa brisa y el sabor a sal mezclado con fina arena se colaba entre mis labios. Estaba arrojado en la orilla de una playa a merced de las olas, trataba de acomodar mis ideas y buscaba recordar las escenas que me trajeron a esta desgracia disfrazada de placer. Un fuerte dolor de cabeza disparaba imágenes desenfocadas en mi mente. Vagamente, recordaba el horizonte de una belleza casi imposible, comparable con los ángeles descritos en los versos de Benedetti. Observé mi cuerpo, por gracia de Dios, sin lesiones aparentes. Tambaleándome giré sobre mi eje cerca de 360° buscando los restos de mi nave, tripulación o cualquier ser viviente que me ayudase a formar de nuevo el rompecabezas de lo ocurrido, sin recordar ni tan solo mi nombre, y que mi mente no lograba armar. Sobre la arena se dibujaban las huellas de mis pies descalzos que en instantes eran borrados una y otra vez, las palmeras se agitaban ante las fuertes ráfagas de viento aproximándose lentamente la infinita escena del temible abandono anónimo de un mundo que en este momento solo podía ser el resultado de pensamientos que menos que cuánticos creadores de un segundo plano."



















lunes, 12 de junio de 2017

jueves, 8 de junio de 2017

FABRICA GUARRO


En una lluviosa tarde de Diciembre, me quedé totalmente solo y con mis estudios truncados por la repentina noticia, lleno de tristeza y felicidad al mismo tiempo, aunque no le vería nunca más, sé que él ya estaba descansando por los siglos de los siglos junto a mi madre. 
Meses más tarde y pasado el dolor de una pérdida cercana, extraje de aquel porta planos un pergamino, ajado de pasar por tantas y tantas manos de antepasados, entre ellas, las de mi abuelo y mi padre. Como niño esperando el juguete que tanto ha deseado, devoré las primeras líneas de aquel testamento. Ilusionado por saber que iba a recibir, Dinero, joyas, propiedades, todas aquellas posibilidades se agolparon en mi mente y el corazón me latía con fuerza, siempre escuché que disfrutaría de una gran herencia. leí línea tras línea, hasta que el cambio de temperatura se hizo presente, sudor frío en la frente y las náuseas se apoderaron de mi estómago, no podía creer lo que estaba leyendo. ¿Se habría equivocado el viejo al escribir en el papel?, ¿describía eso como mi herencia para que nadie más que yo se interesara y la buscara?. Podía ser cierto que existiera otra posibilidad que la que se mencionaba en aquel antiguo testamento. Determiné viajar hasta aquí, lejos de la ciudad para comprobarlo, a esta vieja fabrica de papel en ruinas, que en tiempos pasados perteneció al tío Claudio, muy refinado y correcto, silencioso y distante, aquí encontraría la herencia describía el documento. 
Busqué en los rincones más oscuros y recónditos, buscando lo que hasta el momento era inexistente. Busqué sin encontrar nada más que cansancio, fatiga y ese fuerte olor a carbón proveniente del sótano incendiado. 
Y así me pasó la tarde, agotado y sentado en esta esquina, contemplando los montes, negándome a creer la verdad sobre mi herencia. He sabido de amistades que heredan mansiones, títulos de propiedades, compañías, automóviles, dinero, o tan solo el color de ojos o la forma del cabello, pero jamás, jamás...
Aquí viene, le oigo suspirar y quejarse desde el primer escalón que asciende del sótano a la gran sala donde me encuentro, escucho sus pies arrastrarse suavemente, como seda sobre madera, arrancando crujidos a los desvencijados escalones. Cada paso que el da me hace creer más en las palabras de aquel pergamino, su cercanía irremediable me da escalofríos y las nauseas se hacen presentes una vez más, creo que deberé empezar a acostumbrarme a él. La luna con su tenue claridad alumbra la derruida entrada al sótano, era cierto, no hay tesoros, no hay mansiones ni dinero, sólo él, se acerca cada vez más, oigo su respiración dispar entre el fresco de la noche, entre los cantos de los grillos y entiendo porque mi padre siempre fue tan callado. Solo faltan escasos segundos para que se haga presente, insisto en que preferiría nada a esta situación, pero tendré que vivir con ello. Sus pies carcomidos asoman en el marco de la puerta y desde aquí puedo percibir su agudo olor fúnebre. Allí está, apolillado por el paso de las generaciones pero aún de pie, en pena, es mi herencia, ese espíritu que extiende su inerte mano hacia mí y me mira con sus cuencas vacías, esa alma muerta que me acompañará hasta el fin de mis días, y los días de los hijos de los hijos de mis hijos...










miércoles, 26 de abril de 2017

ESCUELA HOGAR


Durante el curso escolar, el sacerdote don Remigio acudía a la "Escuela Hogar" a decir misa, especialmente los martes y jueves. 
La pequeña y pintoresca capilla con su retablo en tres dimensiones tras el altar, en aquellos días próximos a la navidad, se encontraba rebosando de menudas y forzosas feligresas esperando a que el pan y el vino consagrado fuese transformado en el cuerpo y la sangre de cristo, como de costumbre. 
La directora, Sor Matilde, entregaba una Biblia a cada una de las escogidas para leer las lecturas, con la intención de practicar y conseguir una lectura fluida de los versículos escogidos especialmente para cada celebración. Un lunes rutinario y de aburrida jornada me fue adjudicada una de esas biblias tan preciadas. 
La Biblia en cuestión era un Nuevo Testamento en edición de lujo con aterciopeladas tapas rojas, rotuladas con filigranas en pan de oro, con las hojas en color sepia y más finas que el papel de fumar. Dejar durante unas semanas esa maravilla en las infantiles e inseguras manos de las alumnas suponía una más que evidente temeridad. Y así, haciendo tonterías con las compañeras, como tenían por costumbre de vez en cuando, rasgamos unas cuantas hojas del pequeño libro sagrado con la finalidad de practicar con ellas el arte de la papiroflexia, aviones, cajas, pajaritas, barcos y un sinfín de pequeñas e ingeniosas construcciones. 
Podíamos haber ocultado aquella irresponsabilidad, un remanso de paz y después una gloria de la que nadie se enteraría, pero yo, en un instante de arrepentimiento, creí que si confesaba el delito suavizaría la segura reprimenda y evitaría el castigo siendo acreedora de un indulto como premio a la honestidad, buena fe y en reconocimiento al más sincero y espontáneo arrepentimiento. 
Nada más lejos de la realidad, Sor Matilde montó en cólera al conocer la noticia y presa de la furia humana nos echó una bronca de las que hacen época. Por un momento, la mujer de cuerpo menudo pareció crecer como un gigante ante sus acongojados semblantes y cernirse sobre nosotras como el ángel exterminador del apocalipsis empuñando su terrible espada flamígera. 
La antigua alumna recuerda que después de aquel penoso incidente, además del implacable castigo, tanto sus compañeras como ella quedaron dispensadas y cesadas para siempre del arriesgado oficio de lectoras de evangelios sagrados.