Ya estaba amaneciendo, la luz tenue entraba por la ventana y se hacia notar la presencia de nieblas en la colina en un día que se presenta frío. Los domingos toca un merecido descanso pero antes de nada, una mirada en el espejo de la cómoda, hacer un análisis minucioso, darse cuenta que uno tiene mala cara y que alguna cosa no funciona bien en su cuerpo.
Todo tenía remedio, las lociones lo pueden curar todo, y la gran obsesión era ser una persona sana por completo.
Una gran estantería, en la habitación junto a la cocina, llena de ungüentos y lociones para todo tipo de afecciones, dolores, enfermedades, ningún ungüento conocido faltaba en aquel lugar.
Todos los días, el farmacéutico, se acercaba al castillo por petición del Sr. Conde, con los últimos específicos inventados por el mismo y sin eficacia probada o llegados desde los rincones más recónditos del mundo e incluso desde el lejano oriente.
Los esfuerzos por conseguir aquella sana salud eran obsesivos e inútiles, era una persona que padecía un trastorno mental, exageraba las enfermedades, las dolencias reales y también imaginaba sufrir las que no tenía, hoy día este comportamiento psicológico recibe el nombre de hipocondría.
Con el paso de los años, poco a poco, el trastorno fue afectando a todo el entorno familiar y llegó el día en que todos sus miembros estaban muy inclinados hacia la interpretación de los signos de enfermedad en todos los ámbitos de la vida. Y así pues, de esta forma, aprendieron a interpretar negativamente cualquier signo corporal y lo asociaban con angustia, miedo y ansiedad durante todas sus vidas.
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