Entre la muerte y nosotros
hay apenas un instante. Para algunos ese instante tiene la duración de una
vida, para otros, la de un suspiro. El hombre siempre ha razonado que el
sufrimiento del hombre, ante la futura muerte, es doble. El hombre es acechado por
la muerte desde el inicio de su vida siendo conocedor también de la certeza
absoluta de que esa muerte se producirá de manera inequívoca.
Aquello
que nos separa de la muerte es, paradójicamente, la vida. Pero la vida no es
como una fotografía que captura la totalidad de nuestra existencia, si no como
un juego de idealizaciones y proyecciones que nos facilitan retrasar la visión
de nuestro final.
Para que la vida sea vida se requiere de nosotros una
omisión suprema, rechazar la muerte sería ridículo, negarla es demasiado
ambicioso e irreal. Lo único que nos queda es atravesar el camino inexorable
hacia ese final con eventualidades y sucesos que nos permitan volverlo borroso
y si acaso muy lejano. El secreto de la vida no
consiste en demorar la muerte, si no en operar como si no existiera, conviene
detenerse, revisar el arcón de las ambiciones prescritas y desempolvar aquellos
asuntos que por desidia o exceso de rutina diaria hemos desechado. Es deseable
que la vida se construya sobre ingenierías inmediatas, sobre como actuaremos
para sortear el próximo escollo y, sobre todo, nunca contar los metros finales
hasta la línea de llegada. La contabilidad de la vida es propia de cretinos, la
prueba es que a los muertos siempre les ha sobrado mucho tiempo para hacer
balances acerca de lo vivido.
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