domingo, 31 de mayo de 2015

APENAS UN INSTANTE


Entre la muerte y nosotros hay apenas un instante. Para algunos ese instante tiene la duración de una vida, para otros, la de un suspiro. El hombre siempre ha razonado que el sufrimiento del hombre, ante la futura muerte, es doble. El hombre es acechado por la muerte desde el inicio de su vida siendo conocedor también de la certeza absoluta de que esa muerte se producirá de manera inequívoca.
Aquello que nos separa de la muerte es, paradójicamente, la vida. Pero la vida no es como una fotografía que captura la totalidad de nuestra existencia, si no como un juego de idealizaciones y proyecciones que nos facilitan retrasar la visión de nuestro final. 
Para que la vida sea vida se requiere de nosotros una omisión suprema, rechazar  la muerte sería ridículo, negarla es demasiado ambicioso e irreal. Lo único que nos queda es atravesar el camino inexorable hacia ese final con eventualidades y sucesos que nos permitan volverlo borroso y si acaso muy lejano. El secreto de la vida no consiste en demorar la muerte, si no en operar como si no existiera, conviene detenerse, revisar el arcón de las ambiciones prescritas y desempolvar aquellos asuntos que por desidia o exceso de rutina diaria hemos desechado. Es deseable que la vida se construya sobre ingenierías inmediatas, sobre como actuaremos para sortear el próximo escollo y, sobre todo, nunca contar los metros finales hasta la línea de llegada. La contabilidad de la vida es propia de cretinos, la prueba es que a los muertos siempre les ha sobrado mucho tiempo para hacer balances acerca de lo vivido.